viernes, 7 de junio de 2013

ÉTICA Y TRABAJO EN RELACIÓN A UNA POLÍTICA BASADA EN LA LIBERTAD Y LA JUSTICIA (II).

El trabajo libre o vocacional.

"No solo de pan vive el hombre"

Pompeo Batoni, La educación de Aquiles (1748) 

«LA VOCACIÓN NOS HUMANIZA»


Francisco Almansa González
Presidente de la Asociación Aletheia.

A la economía de mercado se le ha calificado de libre de forma tan natural como a las aves se les atribuyen alas. Sin embargo, la «ciencia económica», que comienza en los mismos inicios de las economías mercantiles, tiene como objeto encontrar las leyes que rigen dichas economías independientemente de la voluntad de cada individuo. Lo cual no quiere decir que en la economía capitalista no intervenga la voluntad individual, sino más bien todo lo contrario, ya que en realidad es la economía del individualismo «voluntarista», y, como tal, anticomunitaria. Pues es una voluntad que busca su propio "interés" o voluntad "interesada". De aquí surge un problema insoluble entre el interés particular y el interés general que Adam Smith “resuelve” conforme a la fórmula mágica de la “mano invisible”, que acaba armonizando los intereses de todos por antagónicos que sean. Toda la "ciencia económica capitalista" ha venido desde entonces tratando de hacer visible dicha mano.

Keynes se dio cuenta que era necesaria la mano del estado para complementar la acción de la mano invisible. Y con dicha ayuda externa se consiguió en Occidente y en Japón una época de bonanza económica que sirvió para sentar los pilares de lo que se ha dado en llamar «estado del bienestar». Pero no es oro todo lo que reluce, pues el impulso nacido en el siglo XIX del anhelo de transformar el mundo en un hogar auténticamente humano quedó metamorfoseado en un anhelo por consumirlo

La sociedad de consumo de aquellos años fue realmente el pilar económico sobre el que se construyó el «estado el bienestar». Pero sin consumo no hay beneficios, sin beneficios caen los impuestos, y sin éstos el estado de bienestar no es viable. Y es que no se puede hacer un pacto con el diablo para alcanzar la salvación.

Quentin Massys, El cambista y su mujer (1514)
La fórmula del capital es «obtener más de lo que se invierte». Algo que después de siglos de capitalismo se ve como lo más natural del mundo, pero que sin embargo contraviene la ley universal de la energía, y, por tanto, de la materia, que, como todos sabemos, dice: «la energía ni se crea ni se destruye, sólo se transforma». Es por eso la «ley de conservación» del mundo físico, a la cual trata de adaptarse con mucha sabiduría nuestro cuerpo después de millones de años de evolución. Lo que hay es lo que hay, y si una parte aumenta, la otra disminuye.

En primer lugar, fue el proletariado el que tuvo menos; después, y sin haber resuelto el problema anterior, fueron las colonias las que también sufrieron el menos; y cuando el proletariado y el capital llegaron al pacto social fordiano-keynesiano para que todos fuesen a más, resultó que la naturaleza y el tercer mundo fueron a menos. Ahora que el mundo natural en general está en gran medida consumido, y a los otrora consumidores se les está consumiendo, todavía se insiste que este sistema no tiene alternativa.

La ley del capital es el beneficio, y es la que antes se ha enunciado como la de obtener más de lo que se invierte. Se da para obtener más. Pero si esto es algo que no tiene sentido en relación a las leyes físicas más universales, resulta que tampoco la ley de la vida sigue tal norma, pues la vida es ante todo un devenir ser lo que se es. La semilla deviene árbol porque aquélla es el árbol en potencia; pero a su vez un árbol sin semillas no es propiamente un árbol, ya que algo está completo en la medida que él contiene su propio ser en potencia. Exactamente igual que la gallina y el huevo y el falso dilema de lo que es antes; pues el huevo es una parte más de la gallina. ¿Qué significa todo lo anterior? No otra cosa que dos manifestaciones de la Ley del Ser, que no es otra que la de afirmar la identidad que se es. Por eso el árbol quiere ser árbol, y para ello esparce su ser en potencia a los cuatro vientos. Así como la gallina quiere ser gallina -no de granja, claro está-, y de ahí que produzca huevos, que no es sino la forma como se garantiza la «identidad» de la especie para el futuro. Ahora bien, estos entes vivos toman de su medio aquello que justamente necesitan para ser, que es también perpetuarse; y, por si fuera poco, además, sus seres en potencia son asimismo unos presentes para otras especies. Buscan ser lo que son, ni más ni menos, y en la afirmación de su singularidad aparece un plus, que sirve a otras especies para que con dichos alimentos sus individuos también se afirmen como lo que son. Se podría decir, en este sentido, que cada especie nace con la vocación de ser la que es. Por eso, ella es ella y su «futuro».


Se dirá, sin embargo, que todo cambia. Que el cambio está tan omnipresente es algo tan obvio que nos puede llevar a pensar -como de hecho hay una filosofía que así lo piensa- que no hay más fin que el cambio. Pero observadas más de cerca las cosas, y remitiéndonos de nuevo a la física, vemos que el cambio se sustenta en la permanencia. Desde hace aproximadamente catorce mil millones de años, y porque los neutrones son neutrones, nuestros cuerpos han llegado a ser nuestros cuerpos. Y lo más curioso de todo es que, según la Mecánica Cuántica, la existencia de una partícula elemental implica la existencia de todas las demás. Dicho de otra manera: el Ser es el que es. Ni más, ni menos.


Simon Vouet, El tiempo vencido (1627)

Decía el cínico Tancredi, sobrino del príncipe de Salina en la obra de G. T. de Lampedusa, El Gatopardo, que «había que cambiarlo todo para que todo siguiese igual». El instinto de conservación de clase le procura la suficiente lucidez para entender que solo como agente activo del cambio, éste tomará el sentido que más le convenga. Y este sentido no es otro que no perder la esencia de lo que son: precisamente ser los que controlan los cambios. Toda lucha por el poder consiste, en última instancia, en acceder a la posición privilegiada desde la cual dirigir los cambios….para salvaguardar los propios intereses. Que es lo que de nuevo está sucediendo. Sin embargo, aunque sus motivos fuesen exclusivamente egoístas, no le faltaba razón, pues el que pone el cambio al servicio de su identidad, ése es el que triunfa.

Lo que sucede es que el Yo no es el componente exclusivo de la identidad humana, y el sistema del Yo, la egocracia, que es en el que estamos viviendo, al querer perpetuarse autoproclamándose como la única posibilidad real, se convierte en un sistema represor de las otras dimensiones esenciales que nos caracterizan, y con ello es el propio Yo el que destruye la unidad y armonía de nuestro ser. De ahí la necesidad de potenciar aquellas formas de realización que integren lo que el «Yo aislado», en su aspiración a ser más=poseer más, está no solo obstaculizando, sino que también reprime en sí y en los otros. Siendo estas formas de realización aquellas por las cuales a la vez que nos autorrealizamos construimos comunidad.


Edvard Munch, Friedrich Nietzsche (1906)

«La vocación del hombre es superarse»

Solo por esta doble afirmación de nuestro ser singular y nuestro ser común podremos superar la unilateralidad de un Yo aislado, cada vez más alienado en puras imágenes de sí; pues debilitado el lazo solidario de la auténtica vida comunitaria, a este Yo desarraigado no le queda más refugio que la rebeldía de la provocación, estéril y oportunista, o el conformismo anestesiante de identificación con roles sociales portadores de “prestigio”, que, además de asegurarnos comodidad material, también pueden proporcionar buena conciencia. Eso sí, a condición de que, al contrario de lo que es una auténtica conciencia, se hagan pocas preguntas.

El vínculo por el que el individuo puede salir de sí, y justo por eso puede sentirse él mismo, nunca es de naturaleza material. Es más, todo vínculo tejido en torno a intereses materiales, sin más objetivo que la realización de los mismos, es un vínculo corruptor. Ahora bien, un vínculo exclusivamente espiritual, al menos en este mundo, tampoco es posible. La mayoría de los místicos han sido bastante realistas en este sentido. La pregunta, por tanto, estriba en hallar el lugar de la mediación entre ambas realidades, siempre renuentes al matrimonio por amor, dado que la desconfianza es mutua. Sin embargo, el matrimonio por interés, que hasta hoy ha sido el que ha predominado, perjudica en primer lugar al cónyuge espiritual, y el envilecimiento resultante de dicho perjuicio no es ni mucho menos inocuo para la otra parte, pues el nudo del interés material no es sino deseo de apropiación. Y este interés generalizado no es a su vez sino una guerra más o menos silenciosa de todos contra todos por tener lo más posible, lo cual desemboca inexorablemente en cegueras como las que nos han conducido a la crisis que estamos viviendo. De la cual, al menos, deberíamos aprender que nada tiene que ver con el avance de la ciencia el reconocimiento que le otorga el premio Nobel de Economía.

Este lugar donde lo espiritual y lo material se unifican en una armonía jerarquizada, conforme al simbolismo del Yin y el Yang, es el trabajo vocacional. La dificultad de relacionar dicho trabajo con lo espiritual reside en la concepción estrecha que se tiene tanto del trabajo como del espíritu; así como en identificar erróneamente ciertas actividades como vocacionales, cuando en realidad no son sino la utilización de ciertos dones que el individuo posee como instrumentos para «competir» con vistas al éxito personal. 


Leonardo da Vinci, Autorretrato y El hombre de Vitruvio (1490)

Hay que poner en claro desde el primer momento que la vocación nada tiene que ver con el hecho de la competencia, pues aquélla implica que el Yo se descubre a través de un proyecto (o misión) cuyo sentido lo trasciende. El inicio de una auténtica vocación es el primer paso para superar el impulso espontáneo de todo Yo para hacerse presente frente a los otros como una existencia necesaria de cualquier manera. Ya que esa es la raíz originaria de todo egoísmo: la inmadurez de un Yo que buscando ser necesario frente a los demás, cortocircuita el proceso de su evolución tratando de ser «más» como algo. Es el que no puede dejar de competir, y, por lo tanto, de desvalorizar a los otros, pues de lo contrario se hundiría en la angustia de un anonimato que es para él equivalente a la muerte de su identidad.

El egoísmo es una contradicción que vive el Yo, puesto que trata de conjurar su debilidad haciéndose absoluto. Ahora bien, ser absoluto es ser necesario, y no hay camino más corto para ser necesario al egoísta que experimentar que los otros nos necesitan, porque ellos carecen de lo que nosotros tenemos. De ahí que la «egocracia» sea indisociable del «paradigma del tener», cuya forma más acabada es el capitalismo.

 Hemos dicho que el trabajo vocacional es aquél por el que el Yo se descubre como auténticamente real a través de un proyecto cuyo sentido lo trasciende. Pero el verdadero sentido de nuestra existencia no se nos puede revelar en tanto en cuanto no seamos capaces de ver la naturaleza y a nosotros mismos como seres que valen por sí mismos. En el fondo, ésta es la culminación de la evolución: una comunidad de seres que ya no «buscan» más allá de sí mismos, porque se aman por sí mismos. Es el fin de la instrumentalidad universal de todas las relaciones. Es el simple gozo de ser al mismo tiempo para todos y para sí. Este es el sentido más o menos consciente que late en toda auténtica vocación, y que nos llama para que salgamos del círculo vicioso del tener, al cual está encadenado el Yo exiliado de la «comunidad del Ser». Solamente en este humus espiritual puede crecer la verdadera vocación, cuya forma definitiva es el individuo el que debe encontrarla. Pero que sea cual sea la forma determinada que aquélla tome como proyecto de realización, ha de incardinarse en el proyecto universal del Ser, o de afirmación de una Comunidad, que es precisamente una porque los seres que la constituyan se aman por sí mismos. Ésta es la metavocación que late en toda vocación personal, y que en la medida que ésta arribe a su fin, descubrirá que la esencia última de su propia vocación no es sino la de ser Voluntad Amorosa. «Voluntad» porque se afirma la propia singularidad; «amorosa» porque el sentido de dicha afirmación es completo, si y solo si, a su vez, afirma amorosamente a todos.


La vocación, tal y como la entendemos, puede realizarse sin profesión u oficio determinados, pero no sin trabajo. Es más, el trabajo, por arduo que sea, nunca es un obstáculo cuando la vocación es auténtica. Un niño trabaja cuando juega, pues recrea imaginativamente una determinada franja de su limitada experiencia. Aquí la materia prima son los contenidos de su memoria en relación a experiencias que de un modo u otro le han impresionado. El mimetismo del juego no es sino el ajustarse a la esencia de dichos recuerdos, pero, como en todo trabajo, dichos contenidos son modificados en relación al fin último del trabajo en sí, que no es sino la afirmación de nuestro ser; que es lo que el niño hace cuando juega: realizar una actividad de transformación de lo dado para sentirse plenamente como lo que es en ese estadio vital. El niño, por tanto, trabaja cuando juega, y trabaja además para sentirse él mismo; sin embargo, no podemos decir que ese sea su oficio. Pero es que, además, el juego es una actividad socializante por excelencia, pues a partir de cierta edad es esencial la compañía de otros niños, y con ello la introyección de pautas de relación con sus iguales.

Cuando decimos que el fin último del trabajo es la afirmación de nuestro ser, le estamos dando un sentido radicalmente opuesto al que rige en las sociedades de clases, en las que el trabajo no es concebido como una manifestación espontánea del mismo, como el juego en el niño, sino como un medio tanto para «ganarse» la vida como para obtener «ganancias». De ahí que el fin del trabajo no sea concebido sino como de satisfacción de necesidades, que pueden ser tanto objetivas como puramente subjetivas.

Aunque éste no es el lugar para analizar la carga ideológica de tal concepción del trabajo, solamente apuntaremos a este respecto que la necesidad es lo que experimenta el ser consciente que por sí mismo se afirma cuando dispone de los elementos que le son inherentes, si se le priva de los mismos en un grado en el que dicha autoafirmación se pone en peligro. La necesidad surge de una determinada forma de limitar nuestro poder de afirmación, sea éste el de nuestro cuerpo, de nuestra psique o bien de nuestro poder de trascendencia. Cuando no es así, la experiencia de la necesidad se transforma en la experiencia de la libertad.

Marc Chagall, Sobre el pueblo (1918)
Cuando el trabajo va asociado a la experiencia de la necesidad, somos sumisos o rebeldes, pero generalmente no muy generosos. Ahora bien, cuando aquél es una manifestación de nuestra propia esencia, no se busque un fin más allá de esto mismo. La satisfacción coincide con la realización, y ya no buscamos apropiarnos de algo que nos compense. Es una realización en la que nos experimentamos libres; y por eso esta experiencia nos ennoblece. El que vive en la vocación reclama lo que es suyo cuando le son enajenados los medios para su autorrealización; pues es plenamente consciente que con ello se le arrebata, no seguridad, comodidad, bienestar, etc., sino la libertad de ser él mismo; porque él ha vivido ya esta experiencia y por ella ha comprendido la Unidad del Ser; como, asimismo, lo absurdo y envilecedor de la competencia siempre retroalimentada del tener.

Una sociedad, por tanto, que no tome suficientemente en serio el trabajo vocacional es que no toma tampoco suficientemente en serio al ser humano. Éste, hasta ahora, ha sido en general vocación reprimida. Y esto es equivalente a decir libertad usurpada.

En las bases de una nueva educación, la cuestión de la vocación no puede ser tratada como una especie de lujo frente a otras necesidades que la sociedad demanda; pues lo que una sociedad no segmentada, sino organizada como comunidad, demandaría en primer lugar, serían seres humanos que no actuaran bajo los condicionantes de la necesidad, sino que, por el contrario, actuaran conforme a lo que realmente son cuando disponen de aquello que verdaderamente les pertenece para su autorrealización. Que es, a su vez, uno de los objetivos por cuya prioridad puede identificarse a un colectivo humano como un Orden de Transparencia, ya que en él «la afirmación de la Comunidad como un todo implica la afirmación de la singularidad de los individuos que la constituyen». Y a la inversa: «la realización personal de cada uno nunca es indiferente a la afirmación de la Comunidad como un todo». Esto solo es posible si se trabaja simultáneamente para todos y para sí. Sin grupos privilegiados intermediarios que alienan el sentido de la comunidad, transformando a ésta en patria, imperio, clase, etnia, grupos corporativos, y así un largo etcétera.

Ahora bien, solo cuando el trabajo es auténticamente vocacional aparece esta exigencia de unidad entre el ser para sí y el ser para todos. El arte, que es, o mejor, era, un paradigma de lo que es la vocación, nos permite aproximarnos a lo que aquí estamos tratando de explicar. Cuando un artista realiza su autorretrato, ha reflejado lo que significa la esencia misma de lo que es la vocación: un objetivarse a sí mismo en una realización que es a su vez un «Presente» para todos. Y que además, para el propio artista y para los demás, es algo que posee un valor en sí mismo. Solo el que ha llegado a la madurez de su vocación es el que puede discernir con criterio objetivo lo que tiene valor por sí mismo y lo que no. Sin embargo, sin este aprendizaje difícilmente se puede superar el divorcio existente entre lo espiritual y la vida cotidiana en un sistema en el que lo «relativo» -o sea, lo que no es por sí mismo, y, por tanto, no tiene tampoco valor por sí mismo- es precisamente el patrón de toda valoración.

Terbrugghen, Esaú vendiendo su primogenitura (1627)
Con lo espiritual no se comercia, ni tampoco se le instrumentaliza. Pues lo espiritual se nos revela como esa forma de poder que trasciende la ley de la causa y del efecto, así como el ciego azar, ambos inherentes a la materialidad. Este poder es el de la Gratuidad. Por ella se nos revela la auténtica soberanía del Ser, porque toda realización gratuita no tiene más ley que la Voluntad Amorosa, que, como tal, es un querer libremente dar por el amor a cada diferencia y a la Unidad que rige el todo. Toda realización creadora, nacida de la vocación verdadera, no tiene otra causa ni otro fin. Ama tanto la Unidad como la diferencia en su Singularidad, que implica ser uno consigo mismo.

Frente a la iniciativa de la voluntad interesada, -que se mueve por «la esperanza y el temor», y por eso pasa del optimismo irreflexivo a un pesimismo irracional, que dilapida recursos creando el espejismo de haber encontrado el cuerno de la abundancia, y que igualmente retiene o infrautiliza estos mismos recursos por el temor a perderlos-, hay que potenciar, a través de la educación, así como por una labor de concienciación política y sobre todo ética, el desarrollo de la Voluntad desinteresada de la Vocación. Sólo en ella se basa el auténtico conocimiento hasta donde éste es posible en la toma de decisiones, porque se conoce aquello que se ama. Y sólo ella está verdaderamente desbordante de iniciativas, porque el que ama más dar que obtener o retener, nada tiene que perder.

(También puede consultarse en este mismo blog: La represión del trabajo libre).

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