viernes, 8 de abril de 2011

STALKER (1979), DE ANDREI TARKOVSKY.


En un país indeterminado, la caída de un meteorito tiempo atrás dio lugar a la aparición de un espacio geográfico conocido como la Zona. Se considera que en este lugar se dan fenómenos extraños y existe un cuarto que concede deseos a sus visitantes. Por todo ello se encuentra custodiado por militares y se impide la entrada al mismo.

Sin embargo, la figura del Stalker (Alexander Kaidanovski), una especie de guía de intenciones misionales, se encarga de conducir a la Zona a quienes estén interesados a cambio de dinero.


El rodaje de Stalker, uno de los filmes más logrados del genio ruso, estuvo plagado de incidentes. En un principio la película debía rodarse en el desierto de Tayikistán, pero continuos temblores de tierra provocaron que se filmara finalmente en una región de Estonia. Además, entre 1977 y 1978, Tarkovsky filmó la película entera, pero un error (acaso intencionado) provocó que las imágenes no pudieran utilizarse, lo que obligó al creador de Offret a rodar todo desde el principio, con el inconveniente de que el presupuesto con el que contaba se redujo bastante.

La película es una adaptación del relato Picnic a la vera del camino de los hermanos Arkadi y Boris Strugatski, que escribieron el guión junto con Tarkovsky, quien se preocupó por reducir al máximo los elementos de ciencia-ficción de la obra, ya que este género no le agradaba.



Como resultado nos encontramos ante una de las películas más fascinantes de la historia del cine, una especie de parábola acerca de la falta de fe del hombre moderno.

Tarkovsky manifestó en una ocasión que no entendía el suicidio espiritual al que estaba abocada la sociedad moderna. Esta preocupación se volvió cada vez más intensa en su interior, y se refleja fundamentalmente en sus tres últimas películas.

La filmografía de Tarkovsky, al contrario que en la de Bergman, raras veces se cuestiona la existencia de Dios, y sí en cambio la capacidad de creer del ser humano. El que vea a Tarkovsky como un simple intelectual escéptico jamás comprenderá la profundidad, el misterio y la búsqueda de la verdad que emanan de su obra.


La película supone la definitiva consolidación y madurez del lenguaje cinematográfico tarkovskyano, que se construye a partir de largas y lentas secuencias que atrapan la realidad del tiempo, al que se desposee de toda artificialidad derivada del montaje, presentándose en su más pura esencia. La puesta en escena en profundidad resulta sublime, y la dirección de cada una de las secuencias pone de manifiesto que estamos ante la obra de un maestro.

La cinta alterna el tono sepia de la realidad con el color de La Zona destacando la labor fotográfica de Alexander Kniajinski, que realza la textura de los materiales y la naturaleza. Este realce de la textura de los elementos es una característica muy común en el cine de Tarkovsky, al igual que la importancia del sonido, a cargo en este caso de Vladimir Sharun, que nos permite percibir desde el movimiento de la naturaleza (sobre todo el sonido del agua) hasta la respiración de los personajes.


Es necesario hacer mención a la excelente interpretación de los tres personajes principales, que son, además del Stalker, el Escritor (Anatoli Solonitsin) y el Profesor (Nicolai Grinko). Y es que ninguno tiene nombre propio, sino que se denominan por su profesión. El escritor y el profesor son los arquetipos del intelectual y el científico respectivamente, incapaces de creer en aquello que no se puede demostrar. Todo lo contrario le sucede al Stalker, un individuo marginal que cree porque es más humilde y ha sufrido mucho más que sus compañeros de viaje. El sufrimiento y el sacrificio son necesarios en Tarkovsky para que el hombre alcance su parte trascendental.

Como conclusión al comentario, haré referencia a la última escena de la película, que ha sido mal interpretada por muchos, al tildar lo que sucede en la misma como un milagro o una muestra del poder sobrenatural de la hija del Stalker. En realidad no ocurre nada de eso, sino que Tarkovsky nos muestra lo que acontece a través de los ojos de la niña, que al igual que su padre, tiene la “extraña capacidad de creer, aunque el suceso en sí no entrañe ningún misterio, ya que es muy similar a uno que se produce en los primeros minutos del filme.


Stalker es una de esas escasas obras cinematográficas que demuestran por qué el cine debe ser considerado como la gran manifestación artística del siglo XX.

Autoría: Ricardo Pérez en Esculpiendo el Tiempo.

Del mismo director le recomendamos de nuestro blog: LA ACTUALIDAD DE "SACRIFICIO" (A. TARKOVSKI) 

 

2 comentarios:

Anónimo dijo...

stalker, todo un clásico para los amantes del celuloide. Gran critica.

Asociación Aletheia dijo...

Una gran obra en todos los sentidos. Gracias amigo.

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